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Cadena 3

Política esquina Economía

Independientes… de la realidad

El Estado puede a duras penas pagar el IFE pero sueña subsidiar vacaciones del 2021. Da moratorias, pero sube impuestos. Y así.

09/07/2020 | 10:29

¿Habrá pensado algún alemán, en medio de los escombros de 1945, en las vacaciones? En Argentina 2020, en la que tal vez sea nuestra crisis más honda en 50 años, sí, pensamos en vacaciones.

En el Congreso avanza un plan para que el Estado le reintegre la mitad de su gasto a cada argentino que este año compre paquetes de turismo interno. Lo curioso es que, al mismo tiempo, el gobierno se debatió hasta último momento ayer entre pagar o no pagar algo que no tiene con qué pagar: la tercera cuota del Ingreso Familiar de Emergencia (IFE) a 9 millones de adultos.

A menos que haya mucho fraude en este nuevo plan social, eso significa que uno de cada tres argentinos en edad de trabajar no tiene ingreso alguno ni vive con otra persona que cobre el IFE. Pero igual, en semejante miseria, vamos a regalar vacaciones, porque vamos a dar por sentado que los dos argentinos que todavía tienen un ingreso (si es que lo siguen teniendo) van a poder financiar el IFE, las vacaciones y el millón de cosas más que tendrán que bancar.

Lo único que puede explicar que una “política” coincida en el tiempo con la otra “política” es una especie de escisión mental colectiva. Alguien nos dio a beber una poción y estamos alucinando. Somos incapaces de ver que para tener una idustria turística en serio sería mejor tal vez dejar de expulsar empresas aéreas para beneficiar a un monopolio caro como Aerolíneas Argentinas.

El Estado esquizoide

La desorientación es mayúscula. Otro ejemplo: el gobierno impulsa una nueva moratoria impositiva y previsional masiva nada menos que a 10 años de plazo. Pero, mientras tanto, la Nación y muchas provincias y municipios no paran de subir impuestos, sin ton ni son. En muchos casos, ni siquiera tienen derecho a hacerlo. Y clavan dobles y triples imposiciones en niveles que cualquier juez razonable debería considerar confiscatorio.

Es esquizoide este Estado que, por un lado, reconoce que los impuestos no se pueden pagar y, por el otro, los sigue aumentando.

Víctimas de la burundanga

Basta ver el cortísimo plazo y la cosa más pequeña: hoy, 9 de Julio, y mañana, decenas de miles de empresas -que van camino a la quiebra pero aún intentan trabajar en un mercado destruído- tendrán que pagarles doble a sus empleados porque a nadie se le encendió la lamparita para suspender un feriado puente ridículo en medio del Covid 19.

La clase política argentina, la sociedad argentina, está metida en un serio problema de autopercepción. Sigue pensando como rica, aunque ya es de las más pobres de América latina.

Venimos dale que dale pulsando la misma botonera. Aunque los últimos botones dejaron de funcionar hace10 años, cuando nos terminamos de lastrar los dos superávits gemelos (el fiscal y el del comercio exterior) que no habíamos planeado, sino que había dejado el 2001 después del incendio.

Sin embargo no se ve por ningún lado a nadie que logre proponer, no un plan, sino algo más básico: una estrategia más o menos lógica de salida para los duros años que se vienen.

Algo que tenga sentido. Que más o menos cierre. Que logre garantizar las necesidades mínimas de todos los habitantes sin robarles todo incentivo a los que aún quieran trabajar de verdad y no sólo calentar una silla. Que permita reducir los niveles incendiarios de emisión de dinero falso y garantizar a quien se anime a invertir algún dólar del colchón que nadie se lo va a confiscar. Que aliente a tomar un empleado sin condenarse con las mismas leyes que fabrican desempleo desde hace 30 años.

No hay político alguno hablando de ninguna de esas cosas. Les deben haber suministrado burundanga o alguna de esas sustancias capaces de inmovilizar.

Al fin algo que puede ser un éxito

Lo único que hay son reacciones simpáticas a las consecuencias perversas de un rumbo perdido hace mucho.

Por ejemplo, ya se discute imponer un impuesto -“tasa de salida” o “exit tax” le llaman- a quienes fijen su residencia fiscal en Uruguay. Nadie piensa ni por asomo en qué deberíamos hacer hoy para que en 10 años sean los uruguayos los que quieran pagar impuestos en Argentina. Nadie quiere saber qué hicieron bien los uruguayos y qué hicimos tan mal nosotros. Si seguimos así, el “impuesto a la huída” va a ser un éxito. Por que acá no va a quedar nadie.

Defaulteador serial

Se dirá que lo urgente mata lo importante. Pero es que ni lo urgente se acomete. El acuerdo por la deuda se demora y el default se expande más velozmente que el coronavirus.

Desde que Martín Guzmán no termina de resolver el tema ya entraron en default selectivo Buenos Aires y Mendoza. Ayer se sumó Río Negro. Y van a seguir las firmas. El gobierno de Córdoba cree que zafa porque recién tiene vencimientos importantes el año que viene: 700 millones de dólares. ¿Alguien cree que los podrá renovar si Argentina es un paria financiero?

Y eso en niveles estatales: el tema es cuando caigan como naipes las empresas cuyos acreedores les pidan cancelar sus bonos y obligaciones negociables.

El gen de los 40 años

Hace más de 200 años, un 9 de Julio como hoy, Argentina declaró su independencia. Tuvieron que pasar casi 40 años para que ese país libre tuviera una ley medianamente vigente en todo su territorio: la constitución de 1853. Entre dos cosas que debieron ocurrir casi al mismo tiempo, soberanía y ley, hubo un intervalo de casi cuatro décadas de caos.

¿Y si está en nuestro ADN? ¿Nos llevará 40 años darnos cuenta de lo que nos pasa? De hecho, Argentina ya lleva más de cuatro décadas de caos y decadencia, si tomamos el Rodrigazo como simbólico punto de quiebre. Desde entonces, elude una reconversión de su Estado, su economía, su organización federal y su inserción mundial, entre otras cosas.

La pandemia de hoy -que deberia ser el impulso para cambiar de una buena vez- es una nueva excusa para seguir no haciendo lo que nunca hemos hecho. Para seguir desconociendo lo más obvio. Para fugarnos en nuestros delirios diversos. Para independizarnos de lo único de lo que siempre hemos deseado aislarnos: de la realidad.

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