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Cadena 3

Coyuntura

El extraño universo F

El presidente está convencido de que vive un déjà vu del 2001. Grave error. La receta de chivos expiatorios para la inflación y voluntarismo para la producción.

05/03/2020 | 07:17

Alberto Fernández volvió a arengar ayer a los empresarios, en particular a los de la alimentación, a que dejen de subir los precios y aumenten su producción. El tono del presidente es cada vez más voluntarista e impaciente. Pero además está adoptando una concepción cada vez más difícil de entender por parte de muchos empresarios.

Empecemos por el final, que tiene que ver con la interpretación que Fernández hace de las últimas dos décadas y revela un equívoco profundo.

Al terminar su discurso dijo: “No entiendo por qué triste designio, cada vez que llego al gobierno estamos en default. Y tengo que hacer lo mismo. Es un déjà vu (…) Ahora espero que sea un déjà vu perfecto y que salgamos adelante como aquella vez y que la Argentina vuelva a vivir dignamente como nunca debió haber dejado de vivir”, sostuvo.

El error original

Acá hay un error originario de diagnóstico. Ya desde la campaña, Fernández y el Frente de Todos forzaron un relato según el cual la Argentina estaba en el 2001.

Por eso muchas de sus medidas son copiadas de aquel entonces, pero en un contexto muy distinto. Hubo duplicación de la indemnización por despido, pero la desocupación es la mitad de la de 2001. Hubo aumento salarial por decreto, pero el salario es de 700 dólares, no de 250 como en el 2001. Hay congelamiento de tarifas, pero no se viene de una década de tarifas en dólares como en los ’90, sino de tarifas ya atrasadas. Hay aumento incesante de retenciones, pero no hay boom de la soja sino un “piffff” de la soja.

El sueldo promedio de un maestro en Córdoba en la convertibilidad era de 250 dólares y el estallido lo licuó aún más. Hoy, el sueldo inicial promedio de un maestro en Córdoba es de 407 dólares a la cotización del paralelo. Por eso Néstor pudo empezar a subir sueldos cuando Duhalde le dejó todo el trabajo sucio hecho, mientras Fernández tiene que encomendarse a Roberto Baradel.

En el 2001 salíamos de casi una década sin inflación. Acá venimos de una inflación de 13 años. Fernández la tiene que frenar, no recrearla, como terminaron haciendo Néstor, Cristina y él mismo.

Al menos formalmente, Fernández no recibió un país en default, como Néstor, sino que se supone que lo que tiene que hacer es tratar de evitarlo.

Tampoco recibió un presupuesto con subsidios sociales moderados, como en 2001, sino uno en el que desde hace décadas ya casi todo se gasta con fines supuestamente sociales mientras la pobreza, en lugar de bajar, sube. Pese a todo, aumenta el gasto social para un hambre que no es el de aquel 2001 pletórico de ollas populares en las villas miseria de todo el país.

El déjà vu de Fernández no tiene ningún asidero.

Si todo era tan genial, ¿qué pasó?

Y hay una duda extra en la frase “espero que sea un déjà vu perfecto y que salgamos adelante como aquella vez y que la Argentina vuelva a vivir dignamente como nunca debió haber dejado de vivir”.

La cuestión es muy sencilla y es imposible que alguien inteligente como Fernández no la vea: algo en aquella salida épica hacia adelante que él protagonizó con Néstor Kirchner y que él idealiza no debe haber funcionado muy bien. Si no, la Argentina no hubiera dejado de “vivir dignamente” en algún momento después de aquella recuperación mistificada. O no era tan digna, o no fue sostenible. Si no, no estaríamos acá.

Inflación para “dummies”

En su discurso de ayer hubo más equívocos. Más pedestres, pero insostenibles en la coyuntura.

Por ejemplo, el presidente dijo que el sector alimentario “tiene que hacer una revisión de lo que está pasando”.

“Hemos ayudado a toda la producción a recuperarse. Lo hicimos frenando los aumentos de tarifas y los aumentos de combustible, y no es posible que con todo eso los precios sigan creciendo", sostuvo, antes de decir que piensa ser “implacable” con quienes remarquen.

La verdad es que, antes de asumir, Fernández admitía al menos que la inflación era multicausal y tenía componentes fiscales y monetarios, algo que en Argentina es más claro que en ningún lugar del mundo. Pero ahora Fernández parece creer que las empresas suben precios por capricho, por codicia, como si el manejo del Estado no tuviera nada que ver.

Es más. Ayer les dijo a los empresarios que estaba dispuesto a “ver qué podemos hacer desde el Estado para ayudar a las empresas con la inflación”. Debe haber asombrado a más de uno. Porque es el Estado el generador esencial de la inflación. Sólo el Estado puede dejar de gastar y de generar déficits a financiar con emisión. Ese es el ticket a la estabilidad de precios. Y Fernández no está haciendo ni uno ni lo otro. No vale que, encima, se enoje con las empresas. Es como si fuéramos tontos, incapaces siquiera de entender un manual de “Inflación para dummies”.

Exporto, luego existo

Otro ejemplo: reclamó a la industria que vuelvan “a encender la economía”. Dijo que cuando le cuentan que las fábricas trabajan a la mitad de su capacidad él se deprime. “Tenemos que poner en marcha la producción, dar vuelta esto”, sostuvo. “Atender al mercado interno como paso previo a aumentar las exportaciones”.

Para muchos industriales, debe ser chino básico. Primero, la depresión presidencial no va a lograr que las industrias consigan financiamiento o que los clientes convaliden precios suficientes para que la industria cubra sus costos en alza y sus temores de devaluación e inflación.

Segundo, cuando un país como Argentina se queda sin dólares y devalúa como lo hizo (y como lo pedía incluso Fernández) es precisamente para abaratar sus salarios y, por ende, ser capaz de exportar lo que antes consumía internamente y, así, conseguir dólares. No es primero el mercado interno y después la exportación, como dijo Fernández. Es al revés. Más de un empresario debe haber quedado azorado.

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