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Cadena 3

La quinta pata del gato

El día de la Lealtad todavía no llegó

Fin de la cuarentena para el conflicto social. El poder K no pudo exhibir dominio de la calle o de Internet. La prueba de amor es otra: si Guzmán podrá pasar el ajuste en el Congreso o no.

19/10/2020 | 10:50

El acto del 17 de Octubre impulsado originalmente por la CGT terminó con significados múltiples y ambivalentes. 

Una de las pocas conclusiones firmes que pueden sacarse es que se terminó la cuarentena para las manifestaciones públicas. Hasta la semana anterior, para el gobierno las protestas callejeras eran prácticamente expresiones de odio de los ricos en Audi destinadas a promover el contagio del Covid 19. Desde el sábado, son expresiones del amor de sindicalistas en Audi, sanitariamente inocuas, incluso si se usan camiones de los servicios públicos de higiene y hasta ambulancias para una protesta partidaria. 

Es importante el punto: la calle, como lugar de expresión del conflicto social, había estado cancelada desde la asunción de Fernández. Sólo el 41% protestaba, en días feriados. Ahora esa veda de hecho, queda levantada.

Macho alfa: ni callejero ni virtual

Otra cuestión brumosa es que la movilización no tuvo la dimensión que esperaba el kirchnerismo para demostrar que sigue siendo el macho alfa de la política argentina. Por cierto, no la tuvo en la calle. Lo admitieron sin querer un montón de kirchneristas chambones que, para mostrar una movida de gran envergadura, divulgaron el sábado fotos del último banderazo opositor, que lucía mucho más, como si fueran fotos del día de la Lealtad. 

Pero en la web tampoco tuvo el impacto monumentalista que los organizadores del Bicentenario y de los funerales de Néstor quisieron darle al primer día de la Lealtad virtual. Por ahí andan algunos todavía culpando a una conspiración por la caída de los servidores que debían alojar el sitio donde millones de adherentes al gobierno debían postear sus recuerdos.

Cristina, el jarrón incómodo

Por último, hay un tercer punto de ambigüedad: la relación entre Cristina Fernández y Alberto Fernández. El gobierno de Fernández hizo saber a través de sus voceros que la decisión de Cristina de no asistir y de enviar a su hijo empoderó al presidente: implicó respaldarlo, sin quitarle el protagonismo. Es probable. Pero hasta un albertista como Eduardo Valdés, exembajador en el Vaticano, ha pedido que Cristina explique por qué no asistió a un acto en el que el presidente dijo “me toca a mí conducir” el gobierno. Lo cierto es que hay tantas interpretaciones posibles como se quiera.

Cristina Fernández sigue siendo un jarrón incómodo. Ella controla el Congreso, maneja el gabinete y tiene poder de veto sobre la otra mitad. Y es la dadora del poder formal que tiene Alberto Fernández. Y esa cuestión nunca quedará saldada del todo, más aún en tiempos difíciles. Nunca se sabrá qué poder real tiene el Presidente. Y cuándo la expresidenta le puede retirar todo o parte de su apoyo. De hecho, la 9 de Julio todavía exhibía los residuos del sábado y ya todos ya especulaban sobre cómo va a ser el acto por los 10 años de la muerte de Néstor Kirchner, el próximo 27 de octubre, qué protagonismo va a tener cada uno y qué van a elegir recordar del expresidente.

En todo caso, el verdadero apoyo de Cristina Fernández -y su capacidad para disciplinar a sus seguidores- se va a ver cuando el ministro de Economía mande al Congreso el plan que acuerde con el FMI, como anunció el viernes. Martín Guzmán quiere que todos pongan el gancho en el ajuste fiscal. Ahí se verá si ese plan tiene la contundencia suficiente para contrarrestar la inflación, la recesión y algunos signos de desabastecimiento que comienzan a mostrar las restricciones macroeconómicas que usó el gobierno hasta ahora. Ahí veremos si el kirchnerismo acompaña a Fernández en la inédita aventura peronista de gobernar sin plata y con una oposición. Eso va a ser una prueba de lealtad y no macana.

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