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Cadena 3

Caos en los bancos

La eclosión de la Argentina clientelar

La industria más grande del país es la de la pobreza. Tiene más "beneficiarios" y menos aportantes que nunca. Y la maneja un Estado que ya no sabe ni repartir.

03/04/2020 | 17:59

Estamos asistiendo en vivo al estallido del sistema clientelar. La imagen de miles de personas amontonadas en medio de una pandemia para cobrar alguno o varios de las decenas de subsidios estatales acumulados en años es patética. Alguien dijo una vez que España había inventado el atraso y Argentina lo había perfeccionado. Lo estamos viendo.

Sería gracioso si no fuera para llorar. Ejemplo: el Banco de Córdoba anunció el pago de varias cosas. Entre ellas algo que llama Sistema Único de Asignaciones Familiares. Pero tan único no es. Porque hay otros dos planes de los que se pagan hoy mismo que también tienen la palabra asignación en su título. Son tantos los planes que ya no quedan nombres. Cómo será que todavía está el Jefe y Jefas del 2001 (también se pagaba en el paquete) que dijeron que iba a reemplazar la AUH.

Y hay muchísimos más planes: nacionales, provinciales, y municipales. Ya ni las consultoras especializadas logran seguirle el rastro a todo lo que inventó una dirigencia política, incapaz de liderar a la sociedad sin pagar votos y militantes sin y adular ciudadanos con la billetera del Estado. Mucho menos sabemos ya cuánto cuesta todo esto.

Y a eso hay que agregarle las jubilaciones y pensiones a gente que nunca trabajó. Y todos los subsidios. La tarifa social del gas. La de la luz. La del agua. El subsidio de la Sube. Y el boleto gratuito. Y los comedores. Y los piqueteros. Y la tarjeta alimentar. Y el bolsón de alimentos. Y el bolsón de higiene. Y los remedios. Y ahora el Ingreso Famliar Extraordinario: 11 millones de personas lo pidieron. Es sólo para gente de 18 a 65 años. Casi la mitad de toda la población de esa edad que hay en el país pidió la IFE. Todos los que trabajan en blanco son 12 millones.

Hay que ser un pobre especializado para moverse en semejante industria del subsidio. Y dedicarle días y horas. No hay ninguna industria en el país con tantos empleados como esta fábrica de pobreza.

Y esa es la industria que ha quebrado, por tres motivos básicos. Primero, porque el Estado y sus decenas de miles de presuntos especialistas -que cobran fortunas por repartir lo ajeno- ya no sirven ni siquiera para repartir. Segundo, porque hace 20 años que cada vez más gente vive sin trabajar. Tercero, porque cada vez son menos los que trabajan. Y ya no dan más. 

Así que ya no alcanza más. No puede continuar.

En algún momento habrá que parar esta locura. Hace falta una reingeniería a fondo. 

Por empezar, habría que simplificar el caos. Terminar con los cientos de planes y plancitos, miserias y miseritas que a cada político le encanta repartir y pagarle a cada necesitado una sola suma razonable y significativa, una vez al mes. Y se terminó. Para que también muchos dejen de facturar la misma pobreza en 20 ventanillas distintas. Y después, con ese dinero, que cada uno se pague alimentos, el gas, el colectivo o las medias. Y si quiere algo más, que trabaje.

Porque no se puede sostener más este circo desbordado de ineptos, improvisados y aprovechadores, en el que los verdaderos pobres son tratados como animales y en el que todos los demás nos sentimos unos tristes payasos.

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